
Es sabido, que los escritores de ficción vivimos en dos mundos paralelos: el mundo real y el imaginario de nuestra mente. Somos felices por poder visitar planetas distantes y pueblos escondidos en el tiempo; por conocer lugares y gentes sólo existentes en el intrincado mundo de nuestras creaciones mentales; y mucho más felices somos al poder presentar ante el mundo real a esos lugares y personajes tan queridos por nosotros. Pero el imaginario de nuestra mente, que se erige como la primordial fuente de nuestra dicha, trae consigo, paradójicamente, un oscuro y terrible secreto, un secreto que todo escritor de ficción conoce y admite para sus adentros: y es que nosotros, los imaginadores, siempre preferiremos los recónditos parajes de nuestras ficciones por sobre la realidad circundante; pues los límites del mundo real representan, para nosotros, los límites que demarcan la peor de todas las prisiones; porque la existencia mundana siempre será una prisión, una prisión cuyas paredes intentaremos derribar una y otra vez, una y otra vez, ahora y siempre…
Imagen: Catedral Tucumana Sumergida – por Nigton Fermont – técnica matte painting, de manipulación fotográfica.
Vaya… realmente has expresado sensaciones que los “creadores de mundos” compartimos. Aunque tampoco veo el Mundo Real como una prisión. Yo creo que es un lienzo limitado (en sí mismo y en cuanto a los límites que me impone), en el que trato de plamar mi imaginario personal, para mejorarlo. Jeje.
En todo caso, muy acertada la reflexión.
Saludos y encantado.
XJPeake
gracias por el comentario! saludos